Teodora: la esposa del emperador Justiniano I | Storie di Storia

Teodora: la esposa del emperador Justiniano I

 

Teodora nació el 14 de marzo de 497 d.C. en Constantinopla, muriendo, probablemente por un cáncer, en la misma ciudad el 28 de junio de 548 d.C. Al inicio tuvo una existencia turbulenta, pero más tarde se convirtió en la consorte del emperador bizantino Justiniano I y pudo también ayudarlo en el ejercicio del gobierno. Famosa es su declaración, narrada por el historiador Procopio de Cesarea, «El trono es un sepulcro glorioso y el púrpura es el mejor sudario». Procopio, en su libro «La Historia Secreta», indicó todos los aspectos negativos de la soberana.
Lady Randolph Churchill, Teodora, 1897.

Teodora tenía orígenes modestos. Para Procopio fue una de las tres hijas de Acacio, supervisor de los animales salvajes de todo el hipódromo. Perdendo muy pronto el padre, la madre decidió dirigirla, junto con las dos hermanas Comito y Anastasia, a la profesión de actriz, en la que protagonizaba obras de teatro. Teodora fue distinguida como una prostituta y por sus obras teatrales contrarias al pudor y la decencia. Sus detractores (entre ellos Procopio de Cesarea) le reprocharon su juventud licenciosa, dando vida a un personaje distorsionado y horrible. Es interesante lo que dice sobre Teodora, Procopio en su «Historia Secreta» :«Cuando las hijas se convirtieron en jóvenes, inmediatamente la madre las dirigió a la escena, porque eran realmente hermosas: pero no todas enseguida, sino según le pareciese que cada una era madura a la tarea.... en aquel momento Teodora no estaba madura para ir a la cama con hombres, ni a unirse a ellos como una mujer; en cambio se daba a obscenos acoplamientos masculinos, con algunos miserables, esclavos por otra parte, que, siguiendo a los dueños en el teatro, en aquella abominación buscaban consuelo en sus angustia - y también en el burdel dedicaba mucho tiempo al uso de su cuerpo contra la naturaleza. Cuando llegó a la adolescencia y estaba madura, se convirtió en una de las actrices y de inmediato se convirtió en una cortesana, del tipo que los antiguos llamaban "las tropas". No sabia tocar la flauta o el arpa, ni jamás había aprendido la danza; a cualquiera ella podía ofrecer sólo su belleza, prodigandose con todo su cuerpo. A menudo llegaba a presentarse al almuerzo con diez hombres jóvenes, todos en el máximo de sus fuerzas y dedicados al oficio del sexo; pasaba toda la noche en la cama con todos los invitados y cuando éstos llegaban al extremo, ella continuaba con sus siervos, que podrían ser unos treinta; hacía el amor con cadauno de ellos, pero ni aun así ella podía satisfacer su lujuria».

Los autores contemporáneos de tratados históricos reducen el peso de lo que cuenta Procopio, ya que él mismo fue consejero y secretario de Belisario y en el momento en que el famoso general, durante la «Guerra Gótica», perdió el favor y la protección de Justiniano I, alrededor de 540 d.C., también la carrera de Procopio se detuvo abruptamente y desastrosamente. Además Procopio pertenecía a una familia aristocrática y como resultado no veia con buen agrado los modestos orígenes de Teodora.

Auriga de la facción de "Azules". Palazzo Massimo.

Inicialmente la familia de Teodora tenía relaciones estrechas con la agrupación de los «Verdes», uno de los grupos con los partidarios más fuertes del hipódromo. El padre, Acacio, fue supervisor de los animales salvajes de todo el hipódromo, como consecuencia de esta relación. La madre era una bailarina y participaba en obras de teatro (trabajo realizado también por Teodora a temprana edad), que en algunos casos ofendían la moral en cuestiones sexuales. A la muerte de Acacio la madre se casó de nuevo, con la esperanza de que la agrupación de los «verdes» daría el trabajo del primer cónyuge al segundo, pero no fue así. Por lo tanto Teodora, su madre y sus hermanas se convirtieron en indigentes, expresando su disgusto por los «verdes», que no se disturbaron ni les tuvieron en cuenta. A este punto, las mujeres pidieron ayuda a la agrupación de los «Azules», que por el contrario querían ayudarlas. De hecho, dieron la tarea de supervisor de los animales salvajes del hipódromo al hombre que se casó con la madre de Teodora y, por tanto, a partir de ese momento las mujeres se convirtieron en seguidoras de los «Azules». Después Teodora y las hermanas, hermosas, continuaron el trabajo llevado a cabo por la madre. Cuanto refiere Procopio sobre la juventud desinibida de la futura emperatriz, se puede verificar por el autor sirio de tratados históricos Juan de Éfeso (obispo a favor de la doctrina herética afirmada en el siglo V, que negaba la doble naturaleza, divina y humana, de Jesucristo, reconociéndole sólo la divina). Juan de Éfeso la llamó «Teodora del burdel» y lo mismo no tenia motivaciones difamatorias, ya que Teodora protegia a los monofisitas.

Teodora en poco tiempo atrajó la atención de Justiniano, que era veinte años mayor que ella. Sorprendiendo por su belleza, tuvo en un principio una historia de amor no oficial con Justiniano, a pesar de que fue elevada al rango de patricia. Así comenzó el ascenso de Teodora. En ese momento los dos amantes tenían relaciones estrechas con la agrupación del hipódromo de los «Azules», que habían obtenido de no ser sometidos a ninguna sanción por sus actos criminales.

Emperador Justiniano I

El emperador Justin y su esposa, Eufemia, sentían un gran afecto por Justiniano, pero no podían soportar a Teodora. Eufemia murió y Justin en sus últimos años de gobierno perdió la facultad de discernimiento. Por lo tanto el matrimonio entre Justiniano y Teodora se convirtiò en una posibilidad. Pero había un último obstáculo que superar: la normativa del tiempo no permitia a una persona de gran autoridad, influencia y prestigio como Justiniano de casarse con quien, de profesión, actuaba en obras de teatro como Teodora. Pero Justin perdió la razón y fue incitado por su sobrino para promulgar una norma que lo permitiría. A este punto ya no había obstáculos para oficiar la ceremonia de boda. Justiniano no quería esperar, tres días antes de la muerte de Justin, fue proclamado emperador (y Teodora emperatriz) el 4 de abril de 527 d.C., el día en que se celebraba la fiesta cristiana que conmemora la resurrección de Jesucristo. Convertida en soberana, Teodora se mostró como una persona astuta y de temperamento. Influyó mucho en las resoluciones del cónyuge a tal punto que se afirmaba con frecuencia que la pareja mantenía conjuntamente el poder. Un ejemplo de cuanto declarado fue la «revuelta de Nika», donde la misma se vio obligada a hacer frente a la cuestión de reducir el poder de los grupos, especialmente el de los «Azules», que gozaban de la condición de no ser objetos de ninguna sanción, pero que igualmente los había favorecido. Durante la insurrección apenas mencionada, mientras que Justiniano retenía oportuno abandonar Constantinopla usando su espejo de agua arreglado y equipado para el amarre y la parada de las naves, Teodora persuadió a su marido para luchar y ganar de nuevo la dirección y el control del Estado, pronunciando un famoso discurso: «Incluso si con la fuga podría salvar mi vida, yo no quiero vivir sin ser saludada como emperatriz, vale lo mismo morir aquí; si quieres, tienes el dinero y el barco está listo, adelante; en cuanto a mí, ya sabía que mi púrpura habría sido mi sudario, entonces no huiré contigo, me quedo!».

Un tema espinoso, que Justiniano y Teodora tuvieron que enfrentar, fue la difusión en Siria y Egipto, de monofisismo, la doctrina herética afirmada en el siglo V, que negaba la doble naturaleza, divina y humana, de Jesucristo, reconociéndole sólo la divina. Las dos provincias mencionadas anteriormente estaban floreciendo económicamente y aspiraban a tener una mayor autonomía. En cambio Justiniano, con ganas de ser el nuevo Constantino, por un lado hizo todo lo posible para recuperar el Occidente perdido en manos de los bárbaros, del otro en Oriente frenó fuertemente la expansión de monofisismo y las fuerzas centrífugas (aunque si esto le permitiría con más facilidad cien años después la conquista de Siria y de Egipto por los musulmanes). Lo más importante fue la tarea que se fijó la soberana. Siempre defendió los monofisitas (los mantuvo ocultos para que no los encontraran y detuvo los procesos en los que se les imputaban. Se cuenta que escondió un individuo perteneciente a un orden religioso monofisita durante doce largos años y en una parte aislada de los apartamentos donde las mujeres vivían en el palacio imperial), siendo ella misma monofisita, preservando la unidad del Estado, a pesar que varias provincias tenían tendencias centrífugas. Permitió que en el imperio vivieran juntos en paz ortodoxos (también llamados duofisitos) y monofisitas. Sólo para apaciguar a los acalorados debates en el campo de la religión, Justiniano promulgó el «edicto de los Tres Capítulos», en el cual se aprobaba lo dicho por duofisitos y monofisitas sobre la calidad intrínseca y constitutiva de Jesucristo.

Cortesanas de Teodora

Antonina era un gran amiga de Teodora y se unió en matrimonio con el comandante Belisario. Conspiró en 541 d.C. para favorecer la reina y destruir la carrera de Juan de Capadocia, el prefecto del pretorio de Oriente. Se reunió con el prefecto, pretendiendo satisfacer su intención de derrocar al emperador. Dos personas (entre las cuales Narses), enviados por Teodora, sin ser vistos escucharon lo que dijo Juan y trataron de encarcelarlo, pero él mismo tuvo la oportunidad de escapar. El resultado de todo esto fue que al prefecto se le retiraron las asignaciones de prestigio y los bienes. La soberana le devolvió el favor a Antonina cuando ésta fue acusada de tener una aventura con alguien que no fuera el cónyuge y fue encarcelada por Belisario, quien en ese momento no fue a Constantinopla para hacer la guerra contra los Persas. Teodora ordenó al comandante de ir a Constantinopla con Antonina, obligándolo a mostrar indulgencia hacia su esposa y vino a saber, por medio de la tortura, que en aquel lugar el hijo del general, Focio, había encarcelado a Teodosio, que tenía una historia de amor con Antonina no oficial y que había sido secuestrado por esa misma razón. Teodosio recuperó su libertad y pudo ver de nuevo Antonina. En 543 d.C. la reina acusó a los comandantes Belisario y Buze de haber declararado que no reconocerían un segundo Justiniano si el emperador hubiese muerto. Teodora entendió muy bien cómo aquella afirmación había una velada referencia a ella y sometió a proceso los dos comandantes: Buze fue traído a las prisiones horribles de Teodora, de las que salió varios años más tarde destruido físicamente y moralmente abatido, en cambio a Belisario fueron solamente decomisados los bienes. Sucesivamente sin embargo la reina mostró indulgencia hacia Belisario porque ella era amiga de su esposa, devolviéndole sus posiciones y sus bienes. Teodora murió en 548 d.C. a causa de un carcinoma, dice Procopio, y se cuenta que su muerte había sido anunciada por la ruptura de un elemento arquitectónico a desarrollo vertical y sección circular, con la función de soporte de carga. Su cuerpo fue sepultado en la «Iglesia de los Santos Apóstoles» en Constantinopla.

También se dice que la emperatriz, en su juventud, cuando recitaba en el teatro, dio a luz a un hijo (a quien se le dio el nombre de Juan), de él nunca admitió la existencia. A pesar de todo, vivió con su padre en Arabia sin ser consciente de quién fuera la madre. Según Procopio, durante la «Guerra Gótica», Teodora deseó en el año 537 d.C. que Papa Silverio fuera sustituido por el Papa Vigilio. Después el Papa Silverio fue asesinado por sicarios pagados generosamente por la reina.

El actor, que sabía suscitar el escarnio de la audiencia, Antonio De Curtis, más conocido con el nombre de Totó, creía descender de la casa de los Comnenos de Bizancio y había considerado la «tía» Teodora una prostituta. Francesco Guccini, que canta canciones creadas por él mismo, en su composición para canto e instrumentos «Bizancio», habla de Justiniano I y su esposa de esta manera: «De este emperador marido de una puta». 

BIBLIOGRAFIA
H.G. BECK, Lo storico e la sua vittima. Teodora e Procopio, Laterza, Bari 1988;
P. CESARETTI, Teodora. Ascesa di un'Imperatrice, Mondadori, Milano 2001;
C. DIEHL, Figure bizantine, Einaudi, Torino 2007;
E. GIBBON, Storia della decadenza e caduta dell’ impero romano, Einaudi, Torino 1967;
G. OSTROGORSKY, Storia dell’ impero bizantino, Einaudi, Torino 2005.

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